Por: Clara RojasAl conjuro de su danza aflora el umbral que los cobija: la lucha de los contrarios. En territorio andino, cambiar una mentalidad colectiva por otra individualista significa la destrucción de mecanismos sociales sostén de su estructura económica. De esta historia de destrucción y florecimiento nace el Taki onqoy, origen de los danzantes de tijera. Escenifican en cada acto un legado que los forja para vencer la adversidad. A través de ellos, sus wamanis hablan de esa transición que aún los mantiene en estado de shock (pobreza).
Las tijeras no han dejado de restallar en toda la noche, se acerca el duelo final a 3437 de altura. El sonido crece. Desde los cuatro puntos de Andamarka, Ayacucho, se expande involucrando aún a quienes no pueden mantenerse ajenos. Es el momento cumbre del Qatun Yaku Raymi (gran fiesta del agua).

Amparados por los efluvios de la madrugada, los competidores se entregan a la danza menor en su reencuentro con el muñay (sentimiento). Bailan el wallpa waqay (primer canto del gallo). Representa la muerte de la noche y la llegada del día. En el instante del cambio se transforman en ofrenda. El cuerpo, poseído por su wamani (dios tutelar), está listo para enfrentar a sus rivales con las más espectaculares figuras. La sinfonía de notas compuesta por tijeras, arpa y violín hechiza a sus habitantes. El rito cala con una intensidad solo comparable con la fuerza del amor. Conjura el umbral que lo cobija en una fascinante invocación a esa pugna de los contrarios: lo andino y lo occidental, pasado y presente. Encuentros y desencuentros. Su desafío es un grito de guerra vigente en un contrapunto de sensibilidades. El humor y el dolor, bravura y gracia, fortalezas y fragilidades. La escena propicia lecturas en todo sentido: los colores de su naturaleza en el vestuario, un cuerpo ligero que vuela. La fugacidad del movimiento surcando el espacio.
El rostro contraído alude el sacrificio. La melodía triste previene la dimensión de las pruebas de resistencia que tendrán lugar a pocas horas.
Entrada la mañana siguiente enfrentarán en el yawar ccejay (rito de sangre), la agonía: muerte y renacimiento, representado por el danzaq, su discípulo y el iniciado. De los cuatro sectores; Negromayo, Orcco, Vizca, Chulpo, bajan a la plaza: danzantes, violinista, arpa, los sigue la comunidad a la que representan.
ATIPANACCUY (RETANDO)
Después de escalar hasta la torre de la iglesia (torre ccejay) con una soga en donde exponen sus destrezas de gimnastas, acróbatas, incluso de faquirismo, llegan a la cruz (símbolo de lo occidental). Nuevas hazañas convertidas en estoicos pasos marcan el triunfo andino; danzan acompañados de notas conocidas, el silbido del viento, el sonido del agua, son cerca de 28 notas. Luego el maestro cae en trance; la melodía más triste acompaña: es el momento de la agonía, cuando el maestro muere y aparece el sucesor. Vence a la muerte. El discípulo toma la posta y danza en torno al maestro. Continuidades que explican las resistencias del mundo andino. 
Apretujados ante la iglesia, los espectadores hierven en emociones. Ritos colectivos en un espacio de arquitectura con estructura colonial (individualista) confirman la capacidad de adaptación andina(1). La estrechez de la placita de Andamarka cobija el más importante ritual prehispánico. Es la limpieza del hombre y sus cauces representada en el Qatun Yaku Raymi, la fiesta de mayor impacto en la zona, rodeada de andenes de hasta 25 pisos. El repliegue de los danzaq hacia su lugar de origen contextualiza su vigencia, reproducen un urdido de redes de una mentalidad colectiva urgida, sin ella no habría vida en los andenes, con una extensión de 200 mil hectáreas. El ritual de pago al agua se inicia el 14 de agosto con la apertura de la bocatoma en cada zona, cauces milenarios se ramifican hacia diferentes áreas cultivadas.
En estos días, el pongo, Nicanor Ramos Inca (Qatun yachaq, pachamama chaninchaq: gran maestro) hace el pagapaq (entrego, tapado o cajas), en doce lugares. A mitad de semana, los cargontes (al recibir más agua asumen el cargo) y adornantes esperan el reto a sus danzaq (Alba y visitanacuy). Se produce también el llamado anticipo; competencia de los segundos (discípulos) sobre la cruz ante la iglesia.
El frío aumenta el humo del calientito, una atmósfera de pertenencia constriñe a los espectadores. De las profundidades escapa una voz mítica, curadora que resuena en ecos continuos: ¡Danzaqqqq! Es un sonido gutural, ronco, añejo. Encarnado en la voz de los capataces (responsables del orden), el wamani invade no solo a los danzantes en competencia; surge como un soplo de vida que exhala en alientos literales la magia del renacimiento. El vaho a aguardiente expulsa los males del alma.”En esos vapores se van sapos y culebras. El hombre se renueva” dicen los lugareños en sintonía con la simbología de limpieza de la gran fiesta del agua.
LA VITALIDAD DEL MITO
Desde su ingreso al pueblo (hatariccuy: inicio de fiesta) hasta la escenificación de la agonía, los danzaq anudan el rito de limpieza en actos cada vez más complejos. La danza enlaza con una historia de fortalezas sostenidas en el tiempo. Revitaliza el rito convertido en una lucha entre la cura y la enfermedad, que a veces cobra víctimas, como le ocurrió a uno de los más calificados exponentes, Chuspicha, luego de su participación en estas competencias, quedó paralítico. El rito se vuelve mito. Se encarna y reactiva su vínculo con la enfermedad. Es conocido el origen de los danzantes de tijeras en el taki onqoy, (taki: baile; onqoy: enfermedad) identificado por el antropólogo Luis Millones como movimiento surgido en respuesta a la destrucción de paradigmas en el mundo andino del siglo XVI.
Los danzantes también participan en otras fiestas tentando al destino. Están en la fiesta de la Cruz de mayo con su significativa presencia de constante reto. O en Semana Santa, fecha de graduación de los iniciados. Cuando el Dios católico ha muerto es propicio para el surgimiento de nuevas generaciones de danzantes, violinistas y arpistas. A nadie extraña que la iglesia permanezca vacía mientras el local de los danzaq bulle en algarabía. Risas “demoníacas, idólatras” escapan por las paredes. Hasta las madres dan de coscorrones a sus hijos alejándolos. Pese a ello, los pies se mueven alegres desde muy corta edad, “son hijos de la pachamama, elegidos de los wamanis”, dice el profesor Pascual Flores, presidente de la asociación cultural de esta localidad, Adeturc, “desde muy chico me gustaba ir a escondidas a los andenes y escalaba practicando torre ccejay, cuántas veces me caía lo volvía a intentar, mi mamá decía que eso era cosa de diablos”, cuenta. Andamarka, cuna de danzaq, alberga una historia de readaptaciones y continuidades.
(1) En la época prehispánica los espacios en círculo congregaban estas ceremonias. Desde Caral hasta la etapa incaica.
Bella nota, Clara. Los dansaq continúan resistiendo, como en la Colonia. Aunque ahora ya no se habla de extirpación de idolatrías, la globalización se convierte en una amenaza.
ResponderEliminarQuerido amigo, el tiempo se ha detenido en las entrañas del país! hay mucho que descubrir y entender!
Eliminarprecioso reportaje alas entrañas del país!
ResponderEliminarMuchas gracias!
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